No traigo un Yo de repuesto ni Recetas Salvavidas /Solo un Crónico lanzarme al Vacío

miércoles, 20 de mayo de 2015

Una incierta despedida

Este blog se llama a silencio. 
Indefinido.
Hasta que pueda/quiera volver a expresarme con palabras, puede que lo haga, de vez en cuando, con alguna imagen. O puede que no.
Mientras tanto, me reservo el derecho de cambiar de opinión y de responder o no mensajes, mails, correos, llamados, textos, mates o señales de humo.
Señoras y señores, soy humana y hago como puedo.
En mi silencio, lo mismo, las agradezco. Mucho y de corazón.
Hasta la próxima.




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lunes, 4 de mayo de 2015

Llamado

Desde que Clara quedó sola en el secundario, las semanas que le toca llevar los chicos a la vecina, me toca a mi acompañarla hasta el portón, atravesando oscuridades que las luces de los celulares mucho no disipan. Antes iban juntas, las hermanas, y yo me veía privada del inmenso placer de congelarme en pijama, en unas siete menos diez de la mañana que a partir de fines de abril se asemejan un poco al polo norte y sur juntos.
Mi pedido urgente, si sos inventor, diseñador industrial o nada más genio: porfis, una bolsa de agua caliente con mangas y unas botas con linternitas, como para no amanecer pisando soretes?
Desde ya contarías con mi gratitud infinita y eterna, no sé si te sirve.

 [Por suerte cuando vuelvo me esperan el primer mate y Frida, de la genia de Zime, regalito de una gran amiga]

 [Anoche salimos a caminar y a ver la luna, y a la vuelta entramos las plantas que no se bancan las heladas. Si, ya!]

[El fín de semana del trabajador lo pasé trabajando, como corresponde (??) Igual con gran placer. Hoy me tomo un rato de fiaca para compensar. ]

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miércoles, 29 de abril de 2015

Hijas

Que me río demasiado.
Que tengo cara de orto.
Que no paro de hablar.
Que no las saludé bien.
Que les estoy encima todo el día.
Que no les doy bola.
Que lo único que hago es cocinar.
Que no hay nada para comer.
Que no silbe. Que no cante. Que no hable.
Que por que no les atiendo el teléfono.
Que me hago la víctima.
Que las peleo sin parar.
Que las aturdo.
Que estoy callada.
Entre otras cosas.

Igual yo sé cuanto van a extrañar algún día irse a dormir los domingos a la noche y que los sueños se les vayan llenando del olor del pan mientras se cocina en el horno para el desayuno.
Entre otras cosas.





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miércoles, 15 de abril de 2015

56 grannys

Para cuando volvió la luz el segundo termo de mate ya me había quedado vacío.
La tormenta todavía nos rondaba, seguía siendo temprano, según el calendario otoño, y lo que entraba por la ventana era más penumbras que otra cosa.
La noche anterior había terminado de emprolijar los cuadraditos de crochet de la manta de turno y me moría de ganas de empezar a unirlos.
La mantita que estoy tejiendo, un pie de cama de dos metros cuarenta, en realidad, es para una compañera del secundario a quien no veo hace años, pero nos seguimos en IG y FB y fue parte más que importante de mi vida, en ese momento maravilloso que es la adolescencia.
Cuando tejo para desconocidos o me encargan para revender, o sea que no hay manera de saber donde terminará el trabajo, es como tirar botellas al mar. Cada puntada, cada nudito, cada fragmento de tejido que avanza, se va entretejiendo también con mis pensamientos, con mi matecito bajo el damasco, con el sol, la música y el pasto, con mis apuros e interrupciones, etc. Siempre que tejo voy pensando en esas cosas que quedan todas impregnadas en la lana, enredándola de un poquito de mi vida antes de irse a seguir su camino. En cambio cuando tejo para alguien que conozco y que aprecio, el mensaje es más directo y se transforma en un especie de abrazo mutuo. Puedo imaginar la mantita cubriendo y abrigando en invierno, dando color y tibieza por las noches y aportando alegría y cobijo al despertar.
Tal vez son fantasías mías. Tal vez no.
Creo en la intención. Mucho. No intención como algo que quisimos hacer y no nos salió.
Intención como el mensaje oculto y sereno que quizás sea el alma de ese tejido. Lo que le dé cierto carácter particular.
Lo que lo haga un poquito más único.
Va con todo mi amor.




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viernes, 10 de abril de 2015

La japonesa

El lunes hubo asado/ truco de hombres y yo me quedé en casa con dos hijas y una olla de puchero. Clara tenía tarea y Anita estaba haciendo trámites on line para su viaje; no daba hacer noche de peli las tres en el sillón, así que en un arranque de encontrar algo para hacer, y supongo que un tanto sugestionada por la influencia de la japonesa que anda revolucionandolas a todas con su promesa de orden mágico y eterno en los hogares, me dispuse a ordenar el cajón de las remeras de él. 
Yo ya entendí que la japonesa dice que hay que hacer todo de una vez y sus razones tendrá; no sé cuales, porque no tengo el libro y tampoco me lo pienso descargar porque debería ir al oculista no me gusta tener pegado el culo a esta silla más tiempo del necesario. Pero yo no tenía toda la noche, ni todas las ganas y la verdad es que a mi, hacer esos ordenes de vez en cuando, me relaja, me hace bien, me conecta con mi casa y conmigo, y la sensación de victoria que me queda al terminar y que es como si hubiera alcanzado la cima del Everest, no la quiero dejar de sentir.
Conclusión, necesito cultivar cierta cantidad de desorden, para poder después ordenarlo.
Lo siento, japonesa.
Habiendo captado la idea de que la regla es TODO VERTICAL, ataqué el cajón. Tiré todas las remeras sobre la cama, las volví a doblar a la manera propuesta, las perfumé con Hortensia Lopez Aromas, y las acomodé una por una donde estaban antes. Solo tiré dos. Tirar las remeras de mi marido no es tarea fácil, porque cuando no están aptas "para salir", pasan inmediatamente a la categoría "para trabajar" y de ahí a la categoría "trapo". La tercer categoría por suerte ya no está dentro de mi jurisdicción y solo me tengo que hacer cargo de hacerla llegar a su taller, o guardarme una para la cera de los pisos. Bueno, el tema es que de un cajón que rebalsaba remeras, ahora sobra espacio como para meter varias más. Y cuando digo varias, quiero decir muchas.
Solo había que origamizar un poco la cosa. No sé, digo. Punto para la japonesa.

 [En la foto no se ve pero entre la tercer fila y las otras quedó toda una hilera vacía]

[Las tuve que acomodar para que no se cayeran, de tanto espacio que de pronto sobró!]

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*La japonesa es Marie Kondo, con do dedo de frente  y es muy linda y está en Google y en YouTube.

martes, 7 de abril de 2015

#postales

De entre los millones de trámites que me veo obligada a hacer ultimamente, la semana pasada hubo uno que implicó esperar sentada en una silla a que nos atendiera la nueva kinesióloga de mi hija.
La silla, incomoda. El lugar, aburrido. Él, a mi lado, hojeando una revista. Hija, enfrente, embolada. Yo, más. El tiempo, demasiado lento.
A mi izquierda, un ropero medio antiguo, y sobre la parte de arriba, macetas con plantas. Las estuve mirando un rato hasta que mi cerebro, luego de escanear la situación, detectó la que me faltaba en casa y se podía hacer de gajo. Con un simple estirar el brazo, corté una puntita y la guardé en la canasta del tejido. Los ojos de Clara de agrandaron como platos. No me queda claro si le di extrema vergüenza, asombro, o una mezcla de ambas cosas. Probablemente pensó que lo que hice es plenamente incorrecto. Para mi, nada más natural que reproducir la flora y la botánica y contribuir a su dispersión por el planeta.
Digamos que lo hice por oxigenar los aires. Y embellecer mi casa, claro.


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domingo, 29 de marzo de 2015

Una de cal, veinte de arena

Ya no me acuerdo en que momento de cual de todas las conversaciones que tuvimos con Anita por teléfono o por chat fue que me dijo eso. Hablamos sin parar todo el día. Y eso que su celular anda peor que pésimo.
Fue el miércoles. Un día de miércoles, literal.
Como yo estaba en casa y ella en el pueblo, le pedí que ayudara a Clara a buscar su celular, que misteriosamente desapareció durante la mañana, de su bolsillo, dentro del aula, en el colegio.
Anduvieron toda la tarde yendo y viniendo, bajo la llovizna, mensaje va, mensaje viene, preguntando, avisando, buscando.
Nada.
No quiero entrar en detalles, porque no corresponde y porque mucho pueblo chico infierno grande, y de esa prefiero alejarnos.
Solo decir que la pena es grande, y que nos hizo pensar mucho en miles de cosas. Nos dimos cuenta de que lo que agranda tanto la pena es saber que no se cayó por la calle, que no fue un desconocido en el colectivo, que no se lo robaron en una fiesta. Alguien cercano, un compañero, una persona que ve todos los días del año, seguramente por tres años más, eligió priorizar los valores equivocados.
El daño que causó, probablemente sin imaginarlo, fue grande. Por mil cosas.
A Clara le pegó tan mal que se engripó fuerte. Le pegó la traición, supongo. Y la bronca, porque para comprase ese celular, ella ahorró año y medio, no solo regalos de cumpleaños de sus tíos y padrinos, si no trabajando, repartiendo volantes bajo el rayo del sol, mientras sus amigas estaban durmiendo o en la pileta.
Obvio que tenemos todos muy claro que estamos hablando de un objeto material. Pero dos de los usos que le dabamos eran de suma importancia.
Para ella, porque con su cuestión de dispersión, se apoyaba mucho en el grupo de wapp del curso para hacer las tareas y estudiar. Posta.
Para mi, porque ella me lo prestaba para IG, y el ochenta por ciento de mis trabajos los consigo por esa via. Cagada.
En fin. Desde hace cuatro días, acá, todos, en familia, tratando de remontarla. Y para mi alegría, debo decir que con bastante éxito. Jugando al ajedrez, cocinando cosas ricas, ayudando en las tareas, juntando castañas, mirando películas, tomando echinacea y propoleo. Compartiendo, así, la vida.


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